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Reflejo de la vida rural andaluza

Una ventana al pasado
La Casa Museo Etnológico de Teba es un espacio vivo de memoria y tradición, creado para conservar y dar a conocer cómo era la vida en nuestro pueblo entre los siglos XIX y XX. Ubicada en una vivienda típica restaurada, la Casa Museo recrea con detalle los modos de habitar, trabajar y relacionarse de las familias tebeñas de antaño.

A través de sus estancias, objetos y oficios, el visitante puede descubrir un mundo marcado por la sencillez, la economía de medios y la estrecha relación con la tierra.
Más que un museo, es una ventana al pasado: un lugar donde las nuevas generaciones pueden comprender las raíces de nuestra identidad y donde los mayores encuentran un espacio para reconocer y revivir sus recuerdos.
Recorrerla es adentrarse en un Teba que ya no existe, pero que sigue vivo en la memoria colectiva y en cada rincón del museo.

La vivienda tradicional entre los siglos XIX y XX
La fisonomía de Teba fue prácticamente la misma durante más de doscientos años: calles con casas humildes, levantadas con materiales de la zona, y solo interrumpidas por algunas construcciones más notables, como las casas solariegas levantadas por familias de la pequeña burguesía en el siglo XIX.

Estas casas humildes no solo fueron espacios de residencia: fueron el escenario de la vida diaria de los jornaleros y labradores tebeños. Allí se tejían las redes de solidaridad, se compartía el esfuerzo de la vida agrícola y se transmitían costumbres que hoy forman parte de la memoria colectiva.
No fue hasta la década de 1970 cuando empezaron a introducirse reformas que transformaron la manera de habitar.

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Recursos del entorno inmediato
Las viviendas se construían aprovechando los recursos disponibles en el entorno más cercano: piedra para cimentaciones y muros, barro y tapial como técnica económica y resistente, madera en puertas, vigas y techumbres, cal para encalar las paredes, desinfectar y aportar luminosidad, y teja árabe para cubrir las cubiertas inclinadas. El uso de estos materiales accesibles y asequibles permitió que las técnicas constructivas se transmitieran de generación en generación, manteniendo una arquitectura coherente con el territorio y profundamente ligada a la tradición local.

Distribución de la vivienda
La mayoría de las casas eran de una sola planta, de tamaño reducido y adaptadas a una vida modesta. Bajo el tejado de cañas a doble vertiente se construía un altillo o cámara, espacio esencial para almacenar granos, utensilios, embutidos y, en ocasiones, habilitar un dormitorio improvisado.

En la planta baja, la cocina era el auténtico centro del hogar. Ocupaba gran parte de la superficie y no solo servía para preparar la comida: allí se reunía la familia, se compartían las horas de descanso y se transmitían historias y tradiciones.

Las demás estancias eran polivalentes: un dormitorio podía ser, a la vez, almacén de aperos o incluso cuadra para animales. En no pocas ocasiones, se habilitaban talleres artesanales domésticos dedicados a la zapatería, la costura o la elaboración de objetos de esparto.

El corral: un espacio vital
En casi todas las viviendas existía un corral o patio trasero, de gran importancia en la economía doméstica. Allí se construían gallineros, zahúrdas y cobertizos donde se criaban animales de autoconsumo: gallinas, conejos, cabras o cerdos.

Además, el corral ofrecía la posibilidad de ampliar la vivienda si la familia mejoraba su situación económica. En muchos hogares, este espacio fue la semilla de futuras remodelaciones.

Carencias y dificultades
Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, las casas carecían de instalaciones básicas:

  • Agua corriente: se obtenía del pozo doméstico, y si no lo había, de cántaros transportados desde las fuentes públicas.
  • Iluminación: los candiles y velas iluminaban la vida diaria hasta la llegada de la luz eléctrica.
  • Baños: no existían. Las necesidades fisiológicas se resolvían en la cuadra o el corral, y la higiene se realizaba en lebrillos o palanganas.

El hacinamiento era frecuente. Las familias numerosas —con cinco, seis o más hijos— compartían espacio con abuelos, suegros o tíos. Esta convivencia multigeneracional, aunque difícil, fortalecía los lazos comunitarios y aseguraba la transmisión de oficios y saberes.

Oficios antiguos: la vida alrededor de la casa
La vivienda no era solo un espacio para vivir: también se convertía en un pequeño taller donde se desarrollaban oficios artesanales y domésticos que complementaban la economía familiar. Muchos de estos trabajos estaban ligados a la tradición rural y al aprovechamiento de los recursos locales:

  • Zapatero: en pequeñas estancias se reparaban o fabricaban zapatos para la familia y vecinos.
  • Costurera: mujeres que cosían, remendaban ropa o incluso trabajaban para otros hogares.
  • Espartadoras y sogueros: en su mayoría mujeres, eran expertas en trenzar esparto para elaborar cuerdas, esteras, serones o utensilios agrícolas.
  • Carpinteros: dedicados a fabricar o reparar muebles sencillos y herramientas de labranza.
  • Molineros y panaderas: muchas familias tenían hornos comunitarios o artesanales donde se amasaba el pan.
  • Herreros: también dedicados a la forja y al arreglo de herramientas de labor, igualemente podrían ser herradores.
  • Alfareros y caleros: oficios vinculados al barro y la cal, materiales esenciales en la construcción y el menaje doméstico.

Estos oficios eran, a menudo, complementarios a las labores del campo y se transmitían de padres a hijos. Gracias a ellos, la casa se convertía en un verdadero núcleo productivo, donde la economía familiar encontraba múltiples formas de subsistencia.

información

Horarios, tarifas y visitas guiadas

HORARIOS
De jueves a domingo
de 10:00 a 15:00h

TARIFAS
Gratuita a todos lo públicos

VISITAS GUIADAS
Se pueden concertar visitas
guiadas grupales cualquier día
de la semana.

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